"Airisu", アイリス por L.Klobásová, texto por Luis Ignacio Sáinz


Lenka Klobásová y su Iris: airisu, アイリス

Ojos abiertos, oscuridad completa, visión del alma

 

 

 

Entre la seducción poética y la meditación espiritual Lenka Klobásová emprende un viraje en su composición: renuncia a sus constelaciones de sentido, o al menos las suspende o interrumpe, y lo hace desde una humildad en la representación. Ahora, o en este lienzo, la materia de la visualidad es una fracción no un todo unitario. Iris o del objeto múltiple, en cascada, ese fragmento de anatomía desea con fervor conquistar su libertad absoluta, su independencia total. Y ese gajo de realidad, tramo de visión, delirio anatómico del ojo, ese espía por antonomasia que hurga nuestras debilidades, incapaz de limitarse al mero registro emprendido por el ojo, lame con su mirada nuestros deseos y placeres más ocultos, triturándolos y digiriéndolos hasta transformarlos en sensaciones huérfanas de imágenes. La creadora se refocila en un miniaturismo bellísimo, donde el cuadro equivale a un trozo de tejido o un corte muscular a punto de montarse en una lámina, esas tiras de sílice llamadas justo portaobjetos, para ser escrutado en el microscopio, planteándonos a la consideración de nuestra conciencia sus enigmas y misterios, auténticos puntos ciegos que nos aturden el entendimiento en su armonía formal, sígnica, cromática. En este preciso caso el despliegue de la artista no es geográfico, propio de sus asombrosas visitaciones paisajísticas, intervenciones holísticas, ya sean submarinas, terrestres, aéreas o espaciales, sino taxonómico, es un ejercicio de disección de laboratorio, donde la nacida en Brno, capital histórica del Margraviato de Moravia, se afana en buscar y quizá encontrar el secreto de la función del órgano: cómo se construye la representación de lo visto, cómo se decodifica la imagen, cómo se deposita la percepción visual en la bodega de las ilusiones. Así las cosas, ni siquiera el ojo le interesa, lo margina y tal vez desecha, sus componentes también resultan ignorados, aun los muy próximos al iris: la córnea o el cristalino, mientras la mismísima pupila, ese conector delicadísimo que le pertenece y caracteriza, salvaguarda un pequeño milagro: el del diafragma contráctil, dilatación y reducción ante los embates de la luz. Aquí reducida a su célula básica, el átomo de Demócrito de Abdera (ἄτομον: lo indivisible), la mínima expresión de las partículas en la antigüedad. Y este conjunto frágil se conjuga en sus propios modos: ojos abiertos, oscuridad completa, visión del alma. Especie de subtítulos que identifican en las virtudes del alma el triunfo del sujeto, la habilidad del ser por domeñar las tentaciones y los ruidos del mundo; de allí que los atributos del fenómeno óptico se le subordinan a las fibras del espíritu, la esencia, pues de algún exigente proceder filosófico, lindan con los accidentes. Ceguera exigua que, al no observar la circunstancia y el contexto del todo, puede imbuirse de unas cuantas letras que originaron el universo y que justifican nuestra existencia en sus variaciones.

 

Luis Ignacio Sáinz

 

 

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